En la vida de Susana Ortiz, ese momento llegó con la mirada de su hijo y una palabra nueva que lo cambió todo: celiaquía. A partir de ahí, lo cotidiano dejó de ser sencillo. Lo que antes era rutina —un desayuno con churros, una merienda improvisada, una tarta en un cumpleaños— empezó a estar lleno de preguntas, de dudas, de límites.
Y en medio de esa sensación de pérdida, apareció una idea poderosa, casi instintiva: si ya no existe, habrá que crearlo.
Antes de todo esto, Susana vivía en un mundo muy distinto. La ingeniería informática le había enseñado a pensar con lógica, a entender sistemas, a confiar en que todo funciona cuando cada pieza encaja. Pero la vida le planteó un reto diferente: aplicar esa precisión a algo mucho más humano. Cuidar.
“Convertí el cuidado en oficio para que nadie tenga que renunciar a disfrutar sin miedo.”
Y cuidar, en su caso, significó mirar la comida de otra manera. Ya no desde el gusto inmediato, sino desde la seguridad. Ya no desde la intuición, sino desde el control. Cocinar dejó de ser algo espontáneo para convertirse en un acto de responsabilidad profunda, donde cada ingrediente, cada proceso y cada detalle importaban.
Su aprendizaje no fue académico ni lineal. Fue real. Llegó con las manos en la masa, con el calor del horno y con la sabiduría de la panadería tradicional. En un pequeño pueblo de Segovia, dentro de un horno familiar con historia, Susana aprendió lo esencial: respetar los tiempos, entender las masas, trabajar con paciencia. Descubrió que el pan tiene carácter, que no todo se puede acelerar y que la tradición no consiste en repetir, sino en comprender.
Ese aprendizaje fue la base. Pero el verdadero desafío estaba aún por delante.
Porque trabajar sin gluten es empezar casi desde cero. Es enfrentarse a masas que no responden igual, a texturas que no aparecen solas, a resultados que requieren ensayo constante. Donde antes había estructura, ahora hay que construirla. Donde antes había seguridad, ahora hay que diseñarla.

Susana lo afrontó con una mezcla de disciplina, insistencia y una motivación muy clara: hacerlo por los suyos. Probó, falló, volvió a intentar. Ajustó ingredientes, procesos, tiempos. Y poco a poco, lo que empezó como una necesidad en casa empezó a tomar forma como algo más grande.
Y surgió el traspaso de Exento Sin Gluten.
No como un negocio cualquiera, sino como una respuesta. Un lugar donde el “no puedo” se transformara en “aquí sí”. Donde las familias no tuvieran que vivir con miedo constante. Donde pedir un dulce, celebrar un cumpleaños o desayunar fuera no implicara tensión.
Exento no es solo un obrador sin gluten. Es un espacio pensado para dar tranquilidad. Para que quien entra no tenga que preguntar, dudar o vigilar. La seguridad no es un valor añadido: es el punto de partida. Todo está diseñado para evitar riesgos, porque Susana entiende algo fundamental: cuando la comida deja de ser segura, también deja de ser hogar.
Pero hay algo más en su filosofía. No basta con que sea seguro. Tiene que ser bueno.
“Un lugar donde la seguridad alimentaria es la base y el placer nunca es opcional.”
Durante años, muchas opciones sin gluten han estado marcadas por la resignación. Productos que cumplen, pero no emocionan. Texturas que no convencen. Sabores que no terminan de conectar. Susana quiso romper con eso. Apostó por recuperar la experiencia completa: el olor, la textura, el crujido, la memoria.
Quiso que cada bocado recordara a lo que siempre fue.
Y ahí es donde aparecen productos que simbolizan su historia. Como los churros y las porras. Algo tan cotidiano para muchos, y durante tanto tiempo inaccesible para una persona celíaca. Conseguir replicarlos no fue solo un reto técnico, fue un logro emocional. Porque devolver ese momento a una familia es devolver algo que parecía perdido.
Ese tipo de éxito no se mide en números. Se mide en miradas, en silencios, en esa emoción contenida de quien prueba algo y siente que vuelve a casa.
Con el tiempo, Exento fue creciendo. Incorporando panes de distintas harinas, bollería para el día a día, hojaldres para celebrar, tartas personalizadas que devuelven normalidad a momentos especiales. Algunas elaboraciones se convirtieron en imprescindibles, elegidas una y otra vez por quienes buscan algo más que un producto: buscan confianza.
También llegaron los momentos clave del calendario: roscones, panettones, torrijas. Campañas que exigen técnica, organización y equipo. Porque crecer no es solo hacer más, es hacerlo bien cada vez.
Y cuando la pregunta que guía el proyecto es “¿qué más necesitamos para sentirnos incluidos?”, el camino se sigue abriendo. Así llegó la heladería. Una extensión natural de la misma idea: que el placer también sea seguro. Que elegir un helado no implique renunciar ni preocuparse.

Su recorrido ha ido acompañado de una creciente visibilidad. Participación en iniciativas, presencia en medios, compromiso con dar a conocer lo que implica vivir con restricciones alimentarias. No desde la queja, sino desde la propuesta. Desde demostrar que las cosas pueden hacerse mejor si se entienden con rigor y respeto.
Porque el camino no ha sido fácil.
Ha habido dudas, presión, aprendizaje constante. Nuevas harinas, nuevas técnicas, exigencias de control, gestión de equipo. También el reto personal de sostener todo sin perder la esencia. En el mundo sin gluten no hay margen para improvisar. Cada día exige precisión.
Y, aun así, Susana ha conseguido algo difícil: que ese rigor no reste calidez, sino que la proteja.
“Unir calidad con tradición, fusionar los sabores, las texturas para que todas las personas celiacas vuelvan a disfrutar.”
No se trata de abarcarlo todo, sino de ofrecer libertad.
Otro paso importante fue llevar Exento más allá del espacio físico. La venta online y los envíos supusieron un nuevo reto: hacer que el producto viaje, que llegue en condiciones, que mantenga la calidad. También implicó algo más profundo: que la confianza traspase la distancia.
Susana quiso recuperar eso también.
Hoy, Exento es un proyecto consolidado, donde tradición y técnica conviven para ofrecer algo más que productos: ofrecen tranquilidad, confianza y disfrute. Y el futuro apunta a seguir creciendo, de la mano del cantante Huecco, en nueva alianza para llevar esta experiencia a más personas, sin perder lo que lo hace especial.
Porque al final, esta no es solo una historia de emprendimiento.
Es la historia de una madre que decidió no aceptar un límite. Que convirtió el cuidado en su oficio. Que cambió de camino para construir un lugar donde otros puedan sentirse, simplemente, normales.
Y en esa normalidad hay algo muy grande.
Significa sentarse, elegir, morder... y sonreír sin miedo.
