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Siemens: Cuando la fábrica se mira en un espejo digital
Revista Alimentaria
27 de mayo, 2026
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En la feria FUT4, la industria alimentaria española asiste a una transformación silenciosa: gemelos digitales, recetas adaptativas y cuadrúpedos robóticos que recorren las plantas. Lo que parecía futuro ya tiene calendario, presupuesto y, sobre todo, financiación
Bilbao acoge un año más la feria FUT4, y un año más la conversación que recorre sus pasillos es la misma de fondo, aunque las palabras hayan cambiado. Donde antes se hablaba de Industria 4.0 —el concepto que Angela Merkel popularizó en la feria de Hannover en 2012 para responder al empuje industrial asiático y estadounidense—, hoy ya se habla de cinco-coma-algo, de fábricas cognitivas y de recetas que se escriben solas. La industria española de alimentación y bebidas, que llegó tarde a casi todas las revoluciones anteriores, ha entendido está a tiempo.
Manuel Cadenas, Consumer Packged Goods Vertical Manager, lleva una década observando esta curva desde dentro. Describe un patrón que ya conoce de memoria: "Hay un primer inicio que es muy exponencial a la hora de adaptar tecnologías, luego hay una caída, hay una modulación, y ahora estamos en esa segunda fase". En esa segunda fase, dice, los proveedores ya han depurado lo que ofrecen y, sobre todo, el cliente final ha aprendido a distinguir qué tecnologías le aportan valor de verdad y cuáles eran promesas de catálogo.
El cambio es tangible, pero no siempre evidente para el visitante. No se ve en grandes anuncios ni en titulares estridentes. Se ve en los detalles: en el operario de mantenimiento que, ante una vibración anómala en un motor, ya no consulta un manual de papel sino que dialoga con un copiloto industrial que sugiere hipótesis —vibración, densidad del líquido, fatiga del componente— y aprende cuando el técnico le corrige. Se ve en los cuadrúpedos robóticos que empiezan a hacer rondas de inspección en zonas donde antes había que arrastrarse bajo la instalación, entre sosas y ácidos. Se ve, también, en las recetas adaptativas: el operario ya no indica temperatura, tiempo ni velocidad de agitación, sino el resultado deseado —una textura, una granulación, unas características organolépticas— y deja que el sistema encuentre el camino.
"Búscate la vida", resume Manuel, con la naturalidad de quien ha visto el concepto pasar de pizarra a planta.
El miedo de siempre, la respuesta nueva
La pregunta que acompaña a cada nueva ola tecnológica vuelve a estar sobre la mesa: ¿desaparecerán los puestos de trabajo? La respuesta que se escucha en los pasillos de la feria es, paradójicamente, la contraria a la temida. "Cada vez es más complicado atraer talento a las fábricas", explica Manuel, sobre todo a los puestos de mayor exposición física o de mantenimiento en condiciones duras. La automatización, dice, no está vaciando las plantas: está reescribiendo qué tipo de personas las habitan.
El relato del operario sustituido por la máquina se desplaza hacia otro lugar. Lo que se necesita ahora —y con creciente urgencia— es mano de obra cualificada que sepa convivir con sistemas inteligentes, retroalimentarlos, corregirlos. El operario aporta a la máquina algo que la máquina no tiene: criterio, contexto, la intuición acumulada de quien ha pisado mil veces el mismo suelo de fábrica. La máquina le devuelve lo que él no puede: velocidad, memoria infalible, capacidad de cruzar millones de datos.
Esa relación es la verdadera frontera. Más que la inteligencia artificial generativa —el ChatGPT que ha colonizado el imaginario público—, lo que está transformando la industria es cómo cambia el diálogo entre el ser humano y los sistemas. Las fábricas cognitivas, dice, ya no son una hipótesis académica.
“Lo realmente potente que tiene la industria de la IA es cómo está cambiando la forma de interactuar el hombre con los sistemas. Ese diálogo es lo fundamental.”
Manuel Cadenas, Consumer Packged Goods Vertical Manager
El gemelo digital sale del laboratorio
Hace apenas unos años, cuando Siemens presentaba en congresos el concepto de gemelo digital —una réplica virtual de una planta, alimentada en tiempo real con los datos de la real— los asistentes salían de la sala con la sensación de haber visto una película de ciencia ficción. Hoy esa misma tecnología tiene casos prácticos que se exhiben sin aspavientos.
El ejemplo que se prepara para una de las jornadas de la feria lo protagoniza PepsiCo, que junto a Siemens ha llevado el gemelo digital un paso más allá: ya no se trata de modelar una sola planta, sino de espejar toda la cadena de suministro. En un contexto en el que los costes energéticos y la fragilidad logística global se han convertido en variables centrales del negocio, disponer de un reflejo digital de la cadena permite simular, anticipar y optimizar antes de que un solo camión arranque el motor.
El salto conceptual es notable. El gemelo digital pasa de ser una herramienta de ingeniería —útil para diseñar y mantener una fábrica— a ser una capa de inteligencia que recubre toda la operación, desde la materia prima hasta el lineal del supermercado.
La tercera pata: quién paga la transformación
Toda esta arquitectura tecnológica plantea, inevitablemente, una pregunta menos glamurosa: ¿quién financia el salto? Las inversiones que requiere una planta del siglo XXI —robótica colaborativa, AGVs, sistemas de visión artificial, infraestructura de datos— no son cifras pequeñas, y rara vez encajan en los modelos clásicos de una banca tradicional acostumbrada a pedir garantías sobre activos tangibles.
Ahí entra en escena María Morales, Key Account manager at Siemens Financial servics CDF, que lleva ocho años en la compañía. Su trabajo consiste en aligerar la carga inicial de la inversión, distribuirla en el tiempo y adaptarla al flujo de caja real de cada cliente, incluyendo la combinación con subvenciones cuando las hay. La diferencia respecto a la banca convencional, explica, no es solo de producto: es de mirada. "No reportamos al Banco Central Europeo, no somos banco", apunta. Eso les permite asumir riesgos que un banco tradicional no entendería, sencillamente porque no termina de creer que la tecnología funcione.
Es un detalle revelador. La financiera de Siemens conoce de primera mano lo que financia, porque la división industrial ya lo ha instalado, probado y rodado en plantas reales. "Si hay alguna cuestión desde nuestro departamento de créditos, es cruzar la pasarela, tomarnos un café, entender la solución", describe. La cercanía física entre ingenieros y analistas financieros funciona como un mecanismo de calibración del riesgo que la banca externa no puede replicar.
El modelo se extiende también a Portugal, gestionado desde España bajo un esquema transfronterizo que reduce costes y unifica criterios. Y se aplica con especial intensidad a un terreno cada vez más relevante: la transición energética y la eficiencia de las plantas, dos partidas que han pasado de ser deseables a ser imprescindibles para sobrevivir en márgenes cada vez más ajustados.
María Morales, Key Account manager at Siemens Financial servics CDF,
“Iberia podría ser autosuficiente a la hora de alimentarse. Esa autonomía es algo que no todos los países tienen, y nos ha posicionado como uno de los líderes en tecnología alimentaria.”
El consumidor manda, y manda distinto
Por encima de toda esta arquitectura industrial, hay una variable que lo mueve todo: el consumidor. Y el consumidor ha cambiado. La gran distribución ha dictado durante años el ritmo de innovación, los tiempos de salida al mercado y los precios que los fabricantes podían sostener. Ese sigue siendo el canal principal, pero ya no es el único. Mercadona ha demostrado que un industrial puede convertirse también en distribuidor, con un producto inicialmente regionalizado que ahora se expande más allá de sus fronteras originales.
Y por debajo, una generación distinta empuja con otros gustos. Menos alcohol —algo que el sector cervecero ya tiene en su mapa estratégico—, más productos saludables, más variabilidad en las preferencias, más curiosidad por lo nuevo. El concepto de food tech, que hace unos años sonaba a futuro, ya es presente: vertical farming, modelos de food as a service como el de KitchenHub, y un consumidor dispuesto a probar formatos que hace una década habrían sido inconcebibles.
Manuel cierra su análisis con un dato que prefiere no dar por sentado. España e Iberia, recuerda, forman uno de los pocos territorios del mundo capaces de alimentarse y abastecerse de bebida con producción propia. Esa autonomía, combinada con una red industrial tecnológicamente avanzada, ha posicionado al país entre los líderes mundiales del sector. Lo que se está viendo estos días en Bilbao —los robots cuadrúpedos, los gemelos digitales, las recetas adaptativas, los AGV moviéndose por las plantas— no es una promesa importada, sino la confirmación de que el ecosistema local ha aprendido a producir y absorber innovación al mismo tiempo.
Coda
La feria FUT4 funciona, en realidad, como un escaparate de algo más profundo: el momento en que una industria deja de mirar la tecnología como una amenaza o como una promesa y empieza a mirarla como una herramienta. La conversación ha cambiado de tono. Ya no se debate si los gemelos digitales funcionan, ni si la IA llegará al sector. Se debate cuándo, con qué proveedor, con qué financiación y a qué velocidad.
En esa conversación, el equipo industrial y el financiero ya no actúan por separado, sino como una sola figura. La fábrica del futuro —la que aprende, la que adapta sus recetas, la que se mantiene a sí misma— necesita las dos cosas a la vez para existir. Y, en algún momento entre Hannover 2012 y Bilbao 2026, ese matrimonio ha dejado de ser una excepción para convertirse en la norma.
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